Por: Ana María Cano.
(El Mundo, 20 de agosto de 1980)
Artista marginal de toda la farándula cultural y de verdad inmerso en el arte como su «tabla» de salvación, autodidacta, Raúl Fernando Restrepo, despliega su obra sola y concentrada, en la sala de arte de la Cámara de Comercio.
Un mes tuvo para, en posesión de los elementos de trabajo, crear los óleo-pasteles que ahora muestra. Pero es tan confiada su relación con el material que ya domina, que sale con gran inmediatez su emoción y su placer, en un resultado controlado y abstracto sobre el color y el paisaje.
Restrepo ha mostrado su obra en salones y muestras colectivas dando siempre una señal modesta de lo que en él hay por torrentes. Pero la actual exposición tiene todas las síntesis que un artista pródigo puede lograr con su experimentación y su generosidad para con el arte.
Sus hallazgos son tan inmediatos como las apreciaciones que hace sobre la obra. El cambio del verano al invierno que con la preparación de esta muestra, determinó la inclusión del fenómeno del vapor, traducido en una disolvencia de los colores, muy recursiva para una técnica como el pastel.
LE ROBO A LA NATURALEZA
No me interesa el lugar que pinto. He descubierto que mis obras pueden voltearse al revés, con un buen efecto. Le robo a la naturaleza su composición y su movimiento, pero el color es absolutamente mío. Creo que es un poco lo que le sucedió a Kandinsky donde el expresionismo en el paisaje lo llevó a lo abstracto.
El óleo pastel tiene algo de mágico: una cera que con el calor de la mano da modulaciones, sin trementina ni ningún ingrediente, sólo el empastado y con el tacto «sentir el color».
Antes pintaba bares: allá hacía retratos con mi compañero Edgar López, a cinco pesos cada uno. También hacía bodegones con las mesas, las botellas, las luces. Siempre con pastel, pero tenía que pedir un trago como quien paga un taller. Creo que escogí el pastel porque nunca se tomaba en sí mismo sino como un intermedio entre el lápiz y el óleo, como un estudio del color. Además por barato: nadie lo utilizaba. Ahora no pinto en taller porque me limita. De los bares pasé al campo donde la luz tiene todo el espacio abierto.
Salgo a pintar con una tabla, mi tabla, la única en que soy capaz de trabajar y ella entiende que es lo que pasa. Pego el papel con una cinta que también participa del color y cuando la quito, ahí ha quedado su espacio. La tabla es como un útero y el color es ahí lo más importante.
YA NO HAY ESCUELA.
Pero Raúl Fernando presenció un gran cambio en la enseñanza del arte en Medellín. Él hizo parte de la Casa de la Cultura que pertenecía a Estudios Generales de la Universidad de Antioquia. «Había entonces mucha más investigación y daban los materiales. No había la selección arbitraria entre bachilleres o trabajadores. Existía un grupo de tiempo parcial donde estábamos los que teníamos otros empleos. Fue entonces cuando dimos un golpe de estado a los de licenciatura, por su deseo de hacernos desaparecer, me echaron de allí.» «En el 67 se vuelve artes plásticas y obligaban durante seis meses la olleta que había que pintar bien. Se unificó todo en la licenciatura y el pintor Rafael Saenz, nos propuso a los de tiempo parcial sacar los caballetes a la calle. Donde deben estar. Ahora a los licenciados les da pena salir a pintar por ahí».
Mientras tanto Restrepo continúa pintando al agua y al sol. Ese contacto directo es tan definitivo en su obra como el que tiene con la tiza, con la cual hace como si «tallara». Pese a esto, el resultado tiene toda la sutileza y la agresividad que lo retiran de los pintores decorativos.
Es el resultado del silencio.


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