Categoría: 2000

  • Ímpetu y color (2000)

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    Por: Omar Castillo.
    (Periódico El Mundo. Agosto de 2000)

    «¡Algarabía de Colores! La vida vuelve para ser sitio común entre los hombres.»

    En 1979 publiqué un poema titulado Raúl, el poema fue escrito con motivo de su primera exposición individual en la Galería La Oficina, entonces ubicada en la Playa entre el Palo y Girardot, muestra inaugurada en agosto de 1978. el poema dice:

    RAÚL
    Papel
    Paisaje
    Hembra
    Violada
    Penetrante
    Falo
    Color:
    Esperma esparcido
    Agitante obsesión
    Que palpita en las niñas
    Masturbando los sentidos
    Con su estruendo esplendor de
    Luz
    Y color
    Calor tropical
    Forma rebasada
    Trascendida rectitud
    Dislocada realidad
    Fulgor
    Pasión
    Desbordante sensualidad
    Sexualidad en ebullición
    Visión preñada de
    Color
    Y
    Sabor olor sonido
    Rompiendo el ir y venir cotidiano
    Tras las axilas de las beatitudes
    Anacrónicas y pestilentes de la existencia.

    El poema estaba firmado en Patio Bonito y dedicado a Raúl Restrepo. Supe de personas que se indignaron por la manera como el poema decía sobre la pintura de Raúl, probablemente en un país pasivo manipulado por la violencia soterrada, algunas de las palabras empleadas para señalar el vigor de su pintura sonaron indecentes. Hoy, un día de agosto del año 2000, reflexionando sobre la pintura, el paisaje, sus dibujos de proporciones y líneas acordes con el color con que mira quien lo traza, digo, pensando en el proceso creativo de Raúl Restrepo, desde aquel 1977 en que empecé a frecuentar su amistad y su creación, releo mi poema y me reafirmo en su estructura y decir. Han sucedido dos décadas de creciente pasividad y sucia violencia, no sé si quienes las han padecido o se han salvaguardado de ellas en la ineptitud de la impotencia, crean aún que hay palabras decentes e indecentes, yo creo que las palabras sólo nombran. Y desde ahí continúo mi reflexión sobre la pintura de uno de nuestros mayores coloristas.

    Igual que hay versos que nos dan un sentido de pertenencia, un sentimiento que entraña nuestra relación con el mundo, el color cuando es aplicado con proporción y ritmo acordes a la fuerza y vigor de quien lo emplea, consigue propiciarnos, por abstracto que parezca, ese sentimiento y esa entraña. Hemos asistido al colapso de todas las márgenes en las diferentes disciplinas artísticas y, aún así y corroborando en nuestra cotidianidad la fragmentación de las nociones existentes del mundo, esperamos leer, oír o ver obras de arte que nos faciliten un mundo íntegro, redondo, un mundo que no altere nuestra supuesta comodidad interior, así el exterior sea un colapso irreversible.

    Las búsquedas de Raúl Restrepo con el color han asumido un riesgo técnico y personal, técnico porque no se ha permitido treguas ni en sus reflexiones ni en la forma de llevar éstas al lienzo, al papel, a la lata o cualquier otra superficie empleada por él para darle cabida a sus búsquedas y hallazgos; personal porque ese carácter suyo, sin concesiones por las formas y el prestigio fácil le ha puesto en una situación marginal en un medio acostumbrado al manoseo y al fácil negocio. Riesgos asumidos por él en una experiencia plena que le ha dado a la pintura esplendidos cuadros donde se pueden ver la rebeldía y el rigor de nuestro paisaje en formas de color. En éstos el estudio del color no se somete únicamente a las proporciones que se han de mezclar hasta conseguir el tono deseado, si bien este es un paso, no sería suficiente si quien lo aplica ignora el ritmo que su pulso y color mismo en su movimiento de masa han de propiciar. Los volúmenes de color que se movilizan en sus cuadros proponen a quien los ve, y palpa al ver, la posibilidad de entrañar en el paisaje, aún en la ocasiones en que éste es recortado por al intervención humana, animal o urbana.

    Sus inicios con el color se dan con el técnica del pastel, técnica que le permite sentir en sus manos el pálpito de los elementos del paisaje que lleva a sus cuadros; sin abandonar su «ver y palpar» también emplea la barra de óleo pastel, el óleo al pincel y la espátula y, cuando lo considera necesario, emplea todas esas técnicas en la realización de un cuadro, también son notables sus ejercicios al carbón y al lapicero; más reciente es el empleo de la acuarela.

    En la manera de aplicar el color, usando cualquiera de las técnicas antes mencionadas, consigue texturas en un escarceo que permite ver la integración de un color con otro y por momentos uno, como espectador, no sabe si seguir la trama narrativa que dicen los colores o, intentar el esplendor conjunto de su instante poético. Los colores son empleados como una silabilación que ya en su todo consiguen, visualmente, pronunciar la propuesta o diálogo que presenta el lienzo en su progresión de tonos que por instante alcanzan el ímpetu de un coro cromático que inunda el espacio del cuadro, consiguiendo de esta forma que el paisaje o lo pintado alcance su narración.

    Este ímpetu de colores que por instantes rebasan la medida que les alberga es dirigido, estudiado por quien ejecuta la obra igual que el poeta cuando dispone en la superficie del papel sus versos buscando la sonoridad rítmica que quiere establecer con sus volúmenes de palabras. Raúl Restrepo establece sus volúmenes de color y con ellos sus ritmos que mirados dejan ver. Asumida por él, la particular naturaleza de ser pintor es la que propicia el núcleo donde sus ritmos se fraguan y se extienden hasta el paisaje de donde los retoma para expresarlos en colores que impactan el cuadro que les recoge.

    Los dibujos de Raúl responden a la línea de un pintor, a su trazo, así éstos sean realizados a lapicero o carboncillo, no a la línea de un dibujante, si no tenemos esto presente al momento de mirarlos, es posible que no consigamos entrar por sus ámbitos y personajes casi siempre en condiciones urbanas, dibujos en ocasiones hoscos donde la figura no es propuesta, pronunciada más que diseñada.

    Aún en los cuadros donde es visible la atmósfera de quienes le han influenciado, la manera de Raúl Restrepo permanece proponiéndonos sus formas con las que accede a las realidades del mundo. En cualquiera de las técnicas que emplea para la realización de sus obras; siempre la grandeza de un autor está ligada al reconocimiento que brinda a quienes le influenciaron, porque un artista no termina de aprender, sólo él escoge sus maestros y, este conocimiento es su aporte a la tradición o a la ruptura con la tradición.

    Recuerdo algunos cuadros suyos de 1976, 1977, con su predominio del negro. Es necesario hacerle un seguimiento a su obra teniéndola a la vista desde sus inicios, sería posible estudiarla y comprender su evolución, reunirla es tarea para un buen curador. Ya es momento en que pensemos en realizar una muestra retrospectiva de la obra del pintor Raúl Restrepo, uno de nuestros mayores coloristas.

    Mientras la tradición paisajística en Colombia es naturalista e informativa ceñida la más de las veces a tonalidades iluminadas de manera intimista, la pintura de Raúl entra y se apropia del paisaje, sus colores irrumpen desde éste apropiarse señalando y abriendo las fogosas vetas del acontecer de las tonalidades que no cesan de dar sus ritmos a la luz. En el país la pintura de Raúl Restrepo tiene pocos antecedentes. Uno de ellos sería la obra de don Andrés de Santamaría. Son varios quienes han intentado beneficiado de las aplicaciones y ritmos, para su canon compositivo donde desembocan y se plasman las propuestas pictóricas de Raúl, consiguiendo en ocasiones un remedo huero y en otras iniciarse en sus propios reconocimientos. Quien pinta hace visible o no una realidad y de acuerdo con esos intereses se pueden formular o no cánones de belleza; si algo confirma el arte del siglo XX es lo relativo, cuando no ambiguo de lo denominado bello y su utilidad.

    Por estos días gozan de prestigio el uso de las instalaciones y las intervenciones, debo recordar que en el momento de llevar a un cuadro un paisaje, ya éste sea rural o urbano, estamos interviniendo e instalando una propuesta de cómo mirar ese espacio. Recuerdo una propuesta de Raúl Restrepo en una de las Bienales de Medellín, ésta consistía en pintar un paisaje al óleo pastel y luego rasgarlo en diferentes pedazos que el autor pegaba sobre un bastidor, el efecto que conseguía era el mismo que permite la intervención de los edificios de Medellín en el momento en que un peatón levanta la mirada intentando ver las montañas que circundan nuestro Valle del Aburrá.

    En la pintura de Raúl Restrepo, las vistas y escenas de costumbres, inclusive el carácter de algunos personajes que él retrata, narran ante todo el colorido y la atmósfera de una geografía. Lo descriptivo, el ambiente lugareño no son la sustancia que el pintor transporta a sus obras, estos ingredientes son relevados dando lugar a un festín de colores que nos comunican con su diálogo y mezcla, la real entraña de nuestros paisajes campestres y factores de características urbanas y humanas; particular es el tratamiento que da en sus paisajes a las nubes, modelo inestable que por un momento es detenido y llevado, en muchas ocasiones, a predominar en la superficie del cuadro. En la producción de Raúl hay dos obras que me son características de su estilo y sus logros pictóricos, éstas, son el retrato que elabora sobre don Tomás Carrasquilla y el que elabora sobre la existencia y la obra de Dylan Thomas, éste, un lienzo estructurado a la manera de un fresco, es una summa donde se dan cita los interrogantes y logros del pintor y donde, también, es posible presagiar un paso en el descubrimiento de su mundo personal y creativo. Este retrato que hace del poeta galés, es el resultado de reflexiones que surgen de su propia vivencia y, tejiendo un diálogo con la obra y las memorias del poeta retratado, el pintor segmenta en siete momentos fundacionales la existencia de Dylan Thomas.

    Son estos la obsesionante presencia del mar raptado por el sol y su interminable chocar sobre las costas; el perfil de una calle de su Swansea natal, contrastada por el colorido por el cual el pintor prolonga en la memoria de un sol que declina; la radio entre el oleaje del mar y las densas nubes que movilizan las ondas de aire, su oficio en la radio de la BBC; la locomotora irrumpiendo, inundando con sus vapores las atmósfera en esos continuos ires y venires de Swansea a Londres; la maternidad y sus reflejos tutelares uterinos, esta vez tatuada en su brazo izquierdo mientras en la palma de la mano sostiene una caracola que se abre como una rosa de los vientos donada para el porvenir; el ángulo superior izquierdo lo colma el humo que viene desde el cigarrillo que sostiene en sus labios el poeta; todos estos sucesos sostenidos alrededor del espejo que empuña la mano derecha de Dylan y donde su rostro se refleja dando unidad al cuadro. Cada uno de los segmentos representados aparecen en un primer plano como en un fresco, pero en vez de pugnar o hacer ver abigarrado el lienzo, estas formas consiguen narrarle a quien las mira periodos del retratado, así, el espejo aúna la diáspora existencial. En este óleo prevalecen los azules.

    Don Tomás Carrasquilla fragmentado en los espacios de su estirpe, consignado en una urna, como esas que otrora conservaban las reliquias, sostiene en sus manos, que flotan desde el agua, unos binóculos como extensión de sus ojos que intentan palpar el presente de su descendencia y al extremo inferior derecho su rostro, otro, mira por una ventana.

    Dylan Thomas en un lienzo de 1.70 X 1.40 nos mira desde el espejo que empuña en el cuarto de su mundo, mientras presentimos en nosotros su espalda. Ambos retratos permiten constatar la manera cómo este pintor estudia a sus retratados, llegando al colmo de descodificar la naturaleza de los mismos en aras de la médula que los nutre. Más que figurar en el lienzo, lo que hace es desfigurar esos rasgos en componentes que permitan interpretar y elaborar una existencia en detalles de huella. He ahí a Raúl Restrepo ejerciendo su Don y su «ver y palpar» que consiguen para el espectador la poética de la interpretación.

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