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  • Tuve que morir muchas veces (1984)

    Tuve que morir muchas veces (1984)

    Por: Alba Lucía Madrid
    (Periódico El Mundo, 25 de enero de 1984)

    Regresó Raúl Fernando Restrepo, con su mochila de mil colores, con un block cargado de bocetos y una vida y una obra escondida detrás de una tienda de antigüedades esperando ser rescatada del polvo y del olvido.

    Esta historia podría empezar en un lugar que hace parte de la vida y la historia de Medellín, «El fin del afán»; allí en medio de muebles de otros tiempos, lámparas que iluminaron otras historias, puertas que se cerraron al olvido, se esconden en lo alto de sus paredes las pinceladas de Raúl Restrepo en un mutismo que solo busca ser explorado al igual que su vida.

    Con el nerviosismo que se crea después de un tiempo de ausencia, Raúl busca entre los lienzos rastros de su pasado, a veces con un rubor escondido en cada frase, otras con un falso orgullo, pero en medio de todo está él, sumergido entre papeles y bocetos, en los que se rescata un rostro duro acompañado de una sonrisa tímida, que con solo la primera palabra encuentra el momento oportuno para desbocar su vida y sus recuerdos.

    Pero no siempre fue así, empezó a estudiar pintura en el 68 en lo que era entonces el instituto de Artes Plásticas de San Ignacio, y que ahora hace parte de la Escuela de Artes de la Universidad de Antioquia. Más por vocación que por orgullo, «en esa época no se conocían los lenguajes de ahora, todos comenzábamos con bodegones, luego se pasaba a la técnica del pastel, la acuarela y por último el óleo, pero ante todo éramos pintores.» Por no tener estudios secundarios se le cerraron las puertas de la universidad y no pudo terminar sus estudios de pintura. Entonces tomó su tabla, un block y algunos colores para empezar su aprendizaje pero en la calle. «En los años 70 me metí en Guayaquil y allí pintaba a la gente, a los campesinos que bajaban del Oriente Antioqueño y de otras regiones a la plaza de Cisneros, en ese entonces no tenía un taller y era lo que se llamaba un pintor callejero. También salía mucho al campo, me iba con una carpa a pintar las montañas del Oriente y el suroeste antioqueño y allí me quedaba una o dos semanas. Luego las vendía y con ello me sostenía.»

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    Inocencia perdida
    En esa búsqueda de la obra de Raúl Restrepo, se deja a un lado la tienda de antigüedades para ir al apartamento de su hermano, lugar donde se encuentra ¡Eha!, ante la indiferente vacada, el toro negro mira al sur en su negro derramándose, su trabajo en carboncillo más reciente, en medio de un gran silencio que sirve de preámbulo, la voz grave aparece de nuevo: «Alberto Sierra vio mis obras al óleo pastel, con escenas de paisajes de Girardota y me invitó a participar en el primer salón de La Oficina, y ahí fue cuando mi obra se empezó a conocer a mediados de los años setenta. Pinté máquinas viejas ya abandonadas, con una especie de enredadera y retomé el tema de los bares pero ya a color y muy expresionista. Después trabajé durante cinco años en la Universidad Pontificia Bolivariana y en la Universidad Nacional como experto, pero a la vez empecé a conocer el lenguaje, la semántica y entonces perdí mi inocencia. Ese tiempo para mí fue muy amargo, porque no tenía tiempo de pintar y después de dar clases miraba las montañas y yo quería estar allá y no encerrado en un aula. En ese momento descubrí que era un pintor de campo y de ciudad… entonces renuncié y me fui al Oriente Antioqueño.»

    Formas en deformación
    Al igual que un lienzo de amplio formato, en el que prima el color y la abstracción, así también aparece Raúl Restrepo en la casa de los Salados o de los Callejas en el Oriente Antioqueño, con leyendas de tertulias pasadas y de fantasmas: «Transcurrían los años ochenta cuando llegué a la casa que en un pasado estuvo rodeada de poetas, músicos y pintores; en el momento en que entré a la casa, me acogió muy bien y allí empecé a trabajar el óleo, pinté no sólo la represa sino diferentes lugares de Marinilla, La Ceja y El Retiro, pero a los dos años me fui de la casa y ella me lloró, tal vez eran los fantasmas de la casa que lloraban o ella misma… no sé.» Y en este recorrido por el Oriente llegó al Carmen del Viboral, en donde encuentra su abstracción en el color. «Pintaba las montañas, la represa, y los árboles en un contraste de color que iba desde el rojo, morado, amarillo, hasta el rosado, pero conservando la estructura del medio ambiente. En el Oriente tuve que morir muchas veces y esos cambios se reflejaron en mi obra. Además, cada cuadro que uno hace, no es la obra realmente, yo no he hecho mi obra todavía. Yo creo que todo lo que he regado por una u otra circunstancia son apuntes de mi vida, de esas muertes mías que son resultados algunas veces de momentos dolorosos y otros de felicidad, porque la obra verdadera es uno mismo.»

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    La forma y sus contrastes
    En un tiempo cíclico que encuentra su punto de partida a través de una tabla, un block y los lápices de color, Raúl Fernando Restrepo retoma las escenas callejeras, para expresarlas según su visión en un taller portátil que puede encontrar su lugar en cualquier esquina, bar o parque de Medellín. «Cuando un artista hace una muestra individual no lo hace con el solo deseo de vender, sino que debe abrir un hueco más llevando algo que rompa, que desgarré valores y que cree contradicciones en los esquemas establecidos.»

    Pero en ese pasado sin límites plasmado en el lienzo, a través de la figuración o la abstracción total, los nombres también a hacen parte de las obras en que aparecen: «Nocturno con tres floreros y una luna», «Desde el ángulo de mi sensualidad, un florero desnudo abierto al cielo rojo, y su última obra: ¡Eha!, ante la indiferente vacada, el toro negro mira al sur en su negro derramándose, con las que el artista intenta «una aproximación literaria y poética del público a la obra.